domingo, 26 de julio de 2020

¿Quién es tu DIOS?

Tres golpes de pecho cada domingo en la mañana, y seguimos dando batalla,

entramos a la iglesia observando cada detalle como material para una novela.

Nuestra mente es el templo perfecto de la envidia y la hipocresía;

edificamos constantemente con chismes la vida de otros, sin dedicarnos a nuestra propia vida.


De rodillas imploramos, alabamos y damos gracias...

de pie atropellamos a nuestros hermanos sin importarnos su desgracia.

Vivimos juzgando, olvidando que también seremos juzgados.



¿Quién es tu DIOS? ¿A quién dedicas el resto de tus días?

Siete días a la semana no bastan para hacer dinero,

dos horas en una iglesia son suficientes para dar gracias.

Nuestro templo son bloques decorados con imágenes y cruces, metales y yeso inertes.



Nuestro cuerpo es un templo olvidado, almacén de la intolerancia y la mentira.

Con frecuencia alardean de santos unos cuantos que saben rezar rosarios,

cada Ave María es un aplauso.

Guiados por las apariencias, obsesionados por el dinero,

nos quedamos sin hermanos, sin amigos y sin sentimientos.


¿Exagerada yo?

Te invito a cualquier templo sin importar la religión que profesan vestido de pordiosero,

mendigo de cariño, echate a la suerte de la fe a ver si encuentras almas sinceras,

espíritus libres de prejuicios, capaces de brindar afecto.



Recreo la misma escena, llegando a la iglesia perfumado y en auto nuevo,

charlatan de experiencias bíblicas y padrino limosnero,

lloverán abrazos y reconocimientos.


¿Religión? ¿Qué es eso?

Una excusa para repetir un show o la oportunidad

de presenciar la demostración de amor

más genuina que alguien jamás haya podido darnos.


"El que esté libre de pecados que lance la primera piedra"

quizás muchos verán como ofensa mis letras sin destinatario.


La iglesia no es de piedra, ni el crucifijo un amuleto,

las imágenes no hacen milagros,

los golpes de pecho no castigan nuestros pecados.


Antes de pisar un templo, limpia tus pies, lava tus manos y examina tu corazón.

Mi iglesia es DIOS y los templos son sitios para adorarle,

pero nuestra mayor intimidad la encuentro cada mañana al despertar

como un voto de confianza para que continúe la experiencia de vivir sin etiquetas de religión,

sin tradiciones vacías.



Solo él y yo sin ruidos, 

en el sagrado acto de la confesión íntima,

un encuentro personal y libre.

Llueven piedras.



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